Cargar la moto no te hace viajero
Kilómetros, errores y una hamburguesa que nunca se cocinó.
3/2/20263 min read


Hace algunos años tomé una decisión que llevaba tiempo rondando mi cabeza: equipar mi moto y salir a la ruta. Sin grandes planes, sin auspicios, sin certezas. Solo con la necesidad de vivirlo por mí mismo.
Serían unos días viajando solo, otros junto a Pía, y quizás algún tramo nuevamente en solitario. No era solo un viaje; era una prueba. Quería que nadie me contara qué se siente viajar en moto. Quería sentirlo. Vivirlo. Descubrirlo con mis propios errores.
La protagonista de esta historia era una Zontes T310, “una moto chinita”, como muchos dirían, pero que ya me había acompañado por varios caminos. Nunca había hecho un viaje largo con ella. El destino era el Salar de Atacama, San Pedro de Atacama. Un lugar que soñaba conocer desde hacía tiempo.
No tenía mucho dinero. Pero tenía ganas. Y a veces eso basta para encender la chispa.
Era un día nublado de agosto cuando cargué la moto hasta más no poder. Llevaba todo lo que, según yo, iba a necesitar: carpa, saco de dormir, cocina, ropa, herramientas… y además el equipamiento de Pía para cuando se sumara al viaje: casco, chaqueta de moto, rodilleras, guantes. Mi moto nunca había estado tan pesada. Literalmente, mi pierna se acalambró cuando intenté sostenerla al iniciar la marcha. Así comenzó el viaje: acalambrado.
El plan era claro y estructurado —porque yo soy estructurado—. Llegar a Copiapó el primer día y buscar un camping. Al día siguiente seguir hasta Taltal, luego pasar por Antofagasta a saludar viejos amigos, subir a Calama, recoger a Pía y finalmente llegar juntos a San Pedro.
Salida ideal: 8:00 AM.
Salida real: 15:00 PM.
Ahí apareció la primera batalla interna. Aunque amo la libertad de la ruta, soy una persona metódica. Y cuando los planes no salen como los imagino, me frustro. A veces gratis.
Llegué a Copiapó cerca de las 20:30. Ya era de noche, y eso me incomodaba. Para empeorar las cosas, me encontré con un taco desde la entrada de la ciudad hasta el cruce con Copayapu. Venía nervioso por la oscuridad, y el tráfico no ayudó.
Paré en una gasolinera al norte de Copiapó buscando un camping cercano. Allí un hombre en un convertible precioso se acercó y comenzamos a conversar. Me recomendó un lugar antes del peaje. Con la esperanza renovada, compré una hamburguesa para prepararla en mi cocinilla y partí hacia ese “camping”.
Al llegar descubrí que no eran carpas… eran cabañas.
Valor: 60.000 pesos la noche.
Yo no quería pagar más de 10.
La verdad es que no podía pagar más de 10.
Tocó seguir.
Google Maps mostraba varios campings en Bahía Inglesa. Maneje un rato más, ya con el cansancio acumulado, hasta encontrar uno en la entrada. Precio: 8.000 pesos.
Perfecto.
Armé la carpa agotado, me dispuse a preparar un café y mi hamburguesa… y ahí llegó el golpe final del día.
No llevaba ollas.
No llevaba servicio.
No llevaba nada para cocinar ni comer.
Ni siquiera llevaba la colchoneta y tocaría dormir en el suelo y por mucha experiencia a los 30 años no se duerme en el suelo como a los 18.
Un viajero con cientos de acampadas y miles de kilómetros… olvidando lo más básico.
Y entonces, en vez de enojarme, me dio un ataque de risa. Una risa de esas que nacen del absurdo. ¿Cómo era posible que hubiera olvidado ese detalle?
Ahí entendí algo que marcaría el resto del viaje.
En la ruta, el enojo y el estrés no tienen cabida.
Enojarse es doble trabajo: primero lo pasas mal, y luego tienes que hacer que se te pase.
Y el camino siempre sigue hacia adelante, contigo o sin tu rabia.
Esa noche me acosté con una hamburguesa fría en el estomago, cansancio y una sonrisa. Porque aunque el plan no había salido perfecto, el viaje ya me estaba enseñando algo.
Y recién era el primer día.
Esta aventura continúa…



