Una vez Scout, siempre viajero

Lo que fueron los Scouts para mí

12/29/20253 min read

Los Scouts fueron, sin exagerar, una de las primeras cosas que me cambiaron la vida.

Era un niño curioso, creciendo sanamente en la década de los 90. Tenía seis o siete años y, como cualquier niño, lo único que quería era jugar. Un día, caminando con mi mamá por una avenida de Santiago que a mis ojos pequeños parecía infinita, escuchamos gritos que venían desde un colegio. Vimos niños entrar apurados, con camisas, pañuelos al cuello y una energía difícil de explicar. Corrían como si llegaran tarde a algo importante.

No recuerdo bien cómo, pero entramos. Y ahí conocí por primera vez a los Scouts.

A esa edad uno no entiende de valores, ni de estructura, ni de promesas. Uno entiende de juego, de risas, de pertenecer. Empecé a asistir religiosamente a las actividades de los sábados, de tres a seis. Hasta que apareció una palabra que lo cambiaría todo:

Campamento.

Yo, con seis o siete años, soñando con mi primera aventura solo. Pero mi mamá, con la sabiduría que da el miedo y el amor, decidió protegerme. No me dio permiso. Como todo niño, lo tomé mal. Me alejé. Pasaron años.

Volví recién a los once, justo cuando ya no se jugaba igual. Ya no era manada: ahora era Scout, o tropero, como también se decía. Tótems, báculos, patrullas… todo era nuevo y fascinante. Y otra vez apareció la palabra mágica:

Campamento.

Esta vez tenía permiso. Preparé mi mochila la noche anterior, todo listo. Pero el día del viaje llovió. Llovió como antes, de arriba hacia abajo, sin parar. El miedo volvió. El permiso se cayó. Solo recuerdo acostarme y llorar por la decepción.

Ese mismo año la vida nos llevó a un nuevo hogar, un nuevo colegio, recién fundado. Y con él, un nuevo grupo Scout. No demoré ni un día en inscribirme.

Y sí… volvió a aparecer la palabra.

Campamento.

Esta vez había seguro escolar, un entorno conocido para mi familia y, finalmente, el permiso. Fui. Recuerdo correr, no bañarme —eso era opcional si había ducha—, dormir en carpas, cocinar. Todo era nuevo. Todo era aventura.

Ahí encontré algo que no sabía que estaba buscando:
mi tribu.

Los campamentos, la vida de patrulla, el servicio, la responsabilidad… pasaron a ser parte de mí. Lo que empezó siendo un escape de los sábados terminó marcando mi forma de vivir. Ser guía de patrulla, subguía de alta patrulla, no fueron cargos: fueron aprendizajes.

Como dije en la entrada anterior, esta aventura me cambió la vida.

Me enseñó a ser, a convivir, a disfrutar. Y si hay algo que rescato hasta hoy, son los amigos que siguen ahí, décadas después. Porque no hay frase más cierta que esta:

Una vez Scout, siempre Scout.

Con esto no busco nostalgia. Busco invitarte a algo más profundo:
a encontrar eso que te encienda el corazón.

He visto muchos jóvenes a los que les pregunto: ¿qué te gusta hacer?
Y la respuesta —más triste que preocupante— suele ser:
“No sé… no importa”.

Sí importa. Importa mucho.

Encuentra eso que te mueva. Que te saque de la inercia. Que te haga sentir vivo.
Y no olvides nunca la promesa más simple y más poderosa que aprendí ahí:

Dejar el mundo un poco mejor de como lo encontramos.

Yo, con seis o siete años, soñando con mi primera aventura solo. Pero mi mamá, con la sabiduría que da el miedo y el amor, decidió protegerme. No me dio permiso. Como todo niño, lo tomé mal. Me alejé. Pasaron años.

Personas que compartían la misma locura, la misma necesidad de aventura, de naturaleza, de vivir distinto.

La vida después me llevó a otra región, donde alguien a quien llamaremos Mono —por cariño y por historia— me presentó un nuevo grupo. Uno con años de vida, con tradición, con raíces. Y ahí ya no hubo vuelta atrás.